Una de las cosas que más me está costando entender en México es la forma en la que viven las relaciones. Son diez meses aquí observando, analizando y escuchando a hombres y mujeres su perspectiva e inquietudes sobre el amor, las relaciones y lo que queda entremedias para pasar el rato.
En mi rutina informativa habitual por un centro comercial, me choqué con una escena peculiar que me dejó bastante confusa. No sabía si echarme a reír o decir un sonoro guácala (expresión coloquial mexicana para decir ¡Qué asco!)
Os pongo en situación. Un muchacho de unos diecisiete años, imposible que fueran más porque se notaba que acababa de juntar dos pelos que afeitarse, paseaba alegre y feliz de la mano con una chavita de aproximadamente la misma edad. Hasta aquí todo normal ¿verdad? Fin de semana, adolescentes en plena efervescencia del amor paseando por un centro comercial… Pues bien, lo que hacía tan inusual el momento y lo que llamó mi atención es que de la otra mano, el joven muchacho llevaba felizmente agarrada a su mamá. Si, su mamá. Puede que no fuera su mamá porque no les conozco de ir a tomar pozole los domingos a su casa, pero por edad y apariencia juzgue que se trataba de su madre. Igual era su suegra, pero eso haría la escena aún más espeluznante y no quiero daros el día.
En resumen, ese momento me hizo reflexionar bastante sobre el sentido que tenía. Pero una vez que saque mi mente española y la situé en la Ciudad de México no se me hizo tan sorprendente. Cuando dos individuos se dejan llevar por la atracción mutua y se entregan a la monogamia (o bueno no, luego hablaremos sobre esto), inmediatamente sus mundos se juntan. Vamos, que cuando empiezan a salir dos personas formalizan al nivel “vamos de compras con mi mamá que tiene que comprar el regalo de los quince de la prima Jacinta”. Teniendo en cuenta esta premisa, normal que fueran los tres juntos.
Una mujer en cada mano, ese es el dato verdaderamente inquietante, como si no pudiera elegir entre las dos mujeres de su vida. La madre encantada, su niño seguirá siendo suyo aunque llegue la “fresca esta” a bailarle reguetón (hago un inciso solo para compartir mi sorpresa con que esta palabra la recoja la RAE). Volvamos a la madre, feliz y risueña da libertad a su pequeño pero sin soltarlo de su ala. Lo que me cuesta más entender es como la chica parecía disfrutar de ese amor compartido. Supongo que a la suegra mejor tenerla contenta que en pie de guerra. Eso es así, aquí y en China.
Pues ahí los tres, de la mano por el centro comercial jugando a su particular pase misi.
Ellos tan felices y yo con tantas inquietudes. Pero gracias a este trio me he dado cuenta de la cantidad de hipótesis que tengo elaboradas en esta tesis a la que llamaremos: “Formas y manifestaciones del amor y otras emociones en el lejano México: Me molas como el mole” Pues bien, empecemos con el capítulo uno:
¿Quieres ser mi novia? Esta es la frase que toda mexicana que se precie está deseando escuchar tras las debidas semanas de citas, whats apps y besuqueos. No hay otra forma correcta de empezar una relación. El hombre propone a la mujer ser novios. Y digo el hombre no porque quiera darle mayor trascendencia a la hipótesis, sino porque quiero que tengáis claro que esto ocurre incluso más allá de los quince años. Vamos, un divorciado de cincuenta que conoce a una divorciada con tres hijos y una renta considerable de su primer marido, si quiere formalizar la relación debe pedirle “ser su novia”. No hay más. Aquí eso de “pues estamos bien”, “somos algo”, “no necesitamos ponernos etiquetas” no funciona. Así que os podéis imaginar como de confusas se quedan mis amigas cuando les cuento que los españoles determinan así el estado de las relaciones. “¿Y cómo sabes cuándo es formal?” Me preguntan. “Pues va surgiendo”, es lo único que puedo contestarles dado que no tenemos un protocolo establecido. Flipan, enloquecen, se quedan a cuadros y confiesan que no sabrían cómo entender una relación así. Y yo reflexiono en silencio: “¿acaso las españolas si sabemos?”
Celoso o no celoso, esa es la cuestión. Esta es una de mis favoritas. El “quien bien te quiere te hará llorar”, aquí las mujeres lo llevan al extremo. En una conversación con varias chicas en la mesa, surgió el problema de una de ellas y la discusión que había tenido con su novio porque le había mirado el móvil y había leído el whats app con un amigo. Típica bronca de confianza. Que si quien es este güey, que si porqué le andas coqueteando, que si andas buscando algo más con otro, que si me pones el cuerno… Disgustazo de la chica por la situación y enfado porque se había puesto celoso sin motivo. Mi inocente pregunta fue: “¿y no estás enfadada porque te mirara el móvil y violara tu intimidad?” Se hace el silencio. Respuesta: “no, porque lo hace porque le importo”. Entonces, “¿estas enfadada por la bronca pero te gusta que sea celoso?” Otro silencio. “Si claro”. El resto de mujeres asienten. Conclusión general de la velada: que pesado mi novio que me ha montado un pollo pero que bonito que lo haga porque le importo y si no lo hiciera me molestaría.
Ahí llegó mi silencio.
Chica de una noche, no conoce a mi mamá. Seguro que todas las madres del mundo tienen el mismo discurso en una u otra dirección:
Madre de una chica: Si a un chico le das todo el primer día no va a tener interés en conocerte. Hazte respetar
Madre de un chico: Una chica que se acuesta contigo la primera noche no merece la pena. No se hace respetar.
Esta es una verdad universal que normalmente el mundo moderno ignora en pro de la satisfacción inmediata de deseos sexuales. Lo que mis amigos comúnmente denominan “picor”. Ok, ¿la diferencia? Que aquí lo llevan al extremo.
En España si conoces a alguien, te gusta la cita y “surge” no implica al 100% que JAMÁS vuelvas a saber de la otra persona. Pues aquí sí. Te conozco, nos gustamos, “surge” y ¿lo haces? Adiós muy buenas. Mi pregunta suele ser: ¿Y si esa chica resulta ser la mujer de tu vida y no has dado opción a conocerla? La respuesta suele ser: Una chica que se acuesta conmigo el primer día nunca podrá ser la mujer de mi vida.
Esto me lleva al siguiente punto en cuanto a protocolos.
¿Cuánto hay que esperar para hacerlo con alguien que te gusta de verdad? Aquí no me voy a enrollar mucho y os presento ambas respuestas:
Perspectiva de la mujer: unos tres meses. (Tomad aire que sé que os habéis quedado muertos)
Perspectiva del hombre: tres semanas.
Sé que tenéis dudas sobre como consiguen coordinar ambos aspectos. Yo también, pero tengo dos suposiciones:
- Siempre gana la mujer.
- El hombre tarda más en saber que la mujer le interesa y cuando eso pasa ya ha cumplido el periodo de espera.
Ahora que os tengo enganchados a mi tesis “Me molas como el mole”, os voy a dejar aquí. Pero no desesperéis porque… CONTINUARÁ…
Nota del editor, o sea yo misma: este post ha sido escrito desde la generalización y exageración para poder dar un tono cómico y ameno. Amo México, a los mexicanos y su forma de vivir intensamente.