Primeras Últimas Veces

Desde que se confirmó mi traslado, me siento entre feliz y melancólica. Voy de uno a otro sentimiento con pocos momentos de emociones intermedias. Supongo que contar con poco tiempo para asimilar un gran cambio es lo que produce.

Otra de las consecuencias de entrar en esta fase es lo que he denominado como “Primeras últimas veces”. Y es que ahora casi todo de lo que hago en mí día a día o cada semana empiezan a ser las primeras de las últimas veces que las llevaré a cabo.

Fue camino del trabajo con el coche pasando por mi ruta habitual cuando sentí mi primera (valga la redundancia), primera ultima vez de manera consciente. No sé si fue la increíble luz del cielo de Madrid cuando amanece, la imagen de La Almudena con el  majestuoso Palacio Real arropándola o que no me esperaba un día duro, pero una emoción extraña hizo que se me encogiera el estómago. En pocas semanas dejaría de pasar por ese camino, de ver los mismos edificios, de parar en los mismos semáforos y de ver al entrañable hombre al que visiblemente la vida no ha tratado bien que siempre vende sus “clínex” en el puente de los franceses.

A la mañana siguiente, de manera involuntaria, en lugar de ir con los ojos a medio abrir, observaba con detalle todo lo que me rodeaba desde que me subí al coche.  Eso me hizo descubrir cosas nuevas que habían pasado desapercibidas en los últimos meses. Pequeñas cosas que me hacen disfrutar de cada nuevo paseo al trabajo.

Eso mismo me está ocurriendo con todo lo demás, especialmente cuando paso ratos con mi gente. No puedo evitar pensar que cada vez estoy más cerca de despedirme de ellos. Y es inevitable que cada vez que les veo, durante un segundo me ausente y esa melancolía de la que os hablaba me invada. Es ahí cuando me debato entre dejarme llevar por la tristeza de saber que cada vez tengo menos tiempo para disfrutar de ellos o de volver allí y disfrutar de cada segundo de más a su lado de manera consciente.

Lo curioso es que estas “primeras últimas veces” me están haciendo disfrutar intensamente de todo. Eso me ha hecho pensar en cómo somos los humanos, solo cuando sabemos que se acerca el final, aprendemos a vivir como deberíamos hacerlo siempre.

He pasado a disfrutar hasta tareas tan insignificantes y aburridas como fregar los platos. ¡Incluso en el trabajo todo me parece emocionante y divertido! Tengo la mente abierta, completamente atenta a todo lo que acontece, como si estuviera rodando una película que la memoria quisiera rodar para dejarla guardada para siempre.

Me quedan varias semanas para añadir escenas a esta película y para empezar la siguiente etapa, que aún no quiero ni pensar en ella: las “últimas veces a secas”.


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